Pensaba en que existe algo bien profano en querer rescatar las cosas que nos arrebató la desgracia, como si profanáramos la sacralidad de lo triste al no dejar que se quemara lo que ya no debía ser nuestro. Recuerdo por ejemplo, a la esposa de Lot que miró atrás, a Sodoma en llamas, y se convirtió en sal, como si esa codicia en el corazón enojara a Dios que tuvo la gracia de mantenerla con vida. Puede ser que hayan ciertos materiales reservados a ciertos tiempos. A lo mejor, querer rescatar la grandeza pasada es un insulto blasfemo al no valorar la lección de que nuestra piel, nuestros huesos, nuestro respirar y nuestra carne valen más que las posesiones y posiciones pasajeras que a veces nos deslumbran por la seguridad que nos brindan. Si Dios ha provisto la vida, el sol, el aire y el viento que respiramos ¿no podrá proveer más en el futuro? Hay que entender los tiempos difíciles y nuestra transitoriedad, porque quedarnos en un lugar que ya no nos pertenece nos condena a la muerte más rápida, no debemos ser ladrones del pasado para volver al futuro. Robar es tomar aquello que no nos corresponde, cambiar de dueño las cosas.
No quiero despotricar del pasado, más bien quiero ser consciente de lo respetuosos que debemos ser con él, con todas sus ruinas y huellas, porque escarbar en este con la soberbia de la vanagloria y la presunción me parece un asunto muy grave. Tal vez, la lección que nos dejan los restos antiguos es que somos humanos frágiles que necesitan de la misericordia de Dios en la naturaleza, quizá, necesitemos aprender la vanidad de poner nuestra confianza permanente en casas, dinero, títulos o hasta en otros mortales. Quien es consciente de su humanidad trata con más sensibilidad y amabilidad a los demás, incluso a sí mismo. Sin embargo, creo que tampoco se debe caer en la miopía de asesinar a la memoria, sin ella no seríamos conscientes de nuestras pérdidas, de las diversas formas en que hemos y han sido los otros, de las miles maneras de gracia que nos han puesto en el lugar en donde estamos. Es profano también vivir en el presente sin tener en frente todo ese contexto que nos antecede, nos vuelve menos sensibles y más proclives a caer en la mecanización de lo que debería hacerse con amor, en el juicio de quien no recuerda sus fallas, en el camino del autómata sin alma. Y vivir en el futuro es angustioso, es un sentir que no siente o que siente demasiado, es la esperanza sin esperanza, el gobierno de los espejismos y las expectativas. Quienes profanan el pasado o el futuro, se pueden sumergir en la profunda tristeza o en la ilusa alegría de las imágenes de lugares que no existen, como si intentaran agarrar con las manos a hologramas sin carne, ni piel, ni huesos. Pues las huellas que escriben estos ´párrafos están en el presente y basta a cada día su propio mal, quizá, el traer males de tantos pasados o futuros, desestabilice el universo o nos condene a la indolencia, amanecerá y veremos.
Bibliografía
* Kim Thuy (2020) "Ru". Editorial Periférica

No hay comentarios:
Publicar un comentario