Debo admitir que aun me disgustan algunos mensajes de motivación por simplistas, vacíos, por carecer de un sentido de crítica de la realidad social que nos rodea, pues no llevan a la gente a cuestionarse sobre las injustas relaciones de poder que las afectan, sino a cambiar individualmente para tener más poder y reproducir esas estructuras desiguales.
Por otro lado, hay textos (programas de tv, libros, películas) que relatan algunos de los problemas de la sociedad y me han entristecido profundamente, pues me dejan la sensación de que no puedo hacer nada al respecto. Entendía la alienación que proviene de los discursos de falsa esperanza, pero no era consciente del profundo daño que nos pueden hacer los mensajes desesperanzadores. Sí, una sociedad debe criticarse a sí misma constantemente y más en el sistema en que estamos, pero entender la enfermedad catalogándola como incurable nos puede llevar a un estado agónico, a dejarnos morir, a no luchar por nada porque nada es posible, pues todo ya está mal y estamos condenados. Recuerdo cuando presencié una clase de sociales para adultos en una vereda de Sumapaz y la maestra (socióloga de profesión) instó a los campesinos a no dejarse llevar por la "desesperanza aprendida" a tomar acciones comunitarias, a participar de las iniciativas que defendían su territorio, a pesar de las amenazas, allí comprendí la importancia de valorar nuestra influencia en el entorno, así sea pequeña. Pues pese a nuestra pequeñez en un universo tan inmenso, hemos sido dotados con cierta capacidad de agencia. Durante años, la desesperanza aprendida ha sido el instrumento invisible del sistema para que muchos miembros de las clases oprimidas no se esfuercen por cambiar su situación, a pesar de su desagrado. Incluso, en el ámbito escolar, la indefensión aprendida ha sido la causa de que muchos estudiantes no se arriesguen a dar más o investigar más, al no considerarse capaces de aprender o llegar más lejos. Overmier y Seligman hablaron de este fenómeno en la década de 1960. Descubrieron que si un animal se exponía a una serie de estímulos aversivos inevitables a su fuerza, luego al estar en una nueva situación con estímulos desagradables tomaba una actitud de indefensión, es decir, no intentaría escapar de estos, aunque fuese posible.(Minici, Rivadeneira, Dahab, 2010). Es que las experiencias de impotencia nos pueden sumir en una pasividad enfermiza, como sino quedara más que sufrir los dolores, como si la libertad de la opresión fuera una ilusión marchita y aunque nuestro poder es pequeño nunca es completamente inútil.
Durante varias instancias he sido víctima de esa visión desesperanzadora, que me llevó a un sinsabor constante de mi incapacidad y a ignorar los males en el mundo, me acomodé sin hacer nada más que quejarme o trabajar para ganar dinero. Sin embargo, la mirada de la esperanza es la chispa que a veces necesitamos para despertar, para encender nuestros motores en pro de un cambio distinto, así sea en lo pequeño. No me refiero a la esperanza vacua que nos hace ignorar los padecimientos o dolores de los demás, sino a aquella mirada puesta en el horizonte que imagina un mundo más bello, o que se anticipa a las posibilidades. No es una esperanza quieta, que se entretiene con los estímulos pasajeros, sino vivaz que no se deja amilanar por las decepciones producidas por los engaños de la corruptible humanidad.
Por eso, pienso que esa conmoción profunda generada por las historias que permean nuestra sensibilidad, no debería superarse con una actitud de impotencia ante la gran maldad de los sistemas que nos rodean, sino con una esperanza ante lo aparentemente imposible, porque siempre hay algo bueno o bello por hacer y no podemos dejar que la desilusión nos encadene.
BIBLIOGRAFÍA
*Minici, Rivadeneira y Dahab, 2010. "Desesperanza aprendida". Revista de terapia cognitivo conductual N° 19.

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