viernes, 29 de noviembre de 2024

De la desgracia de acumular y quitarle la vida a los objetos

A propósito de "Todas las Cosas" de Nora Rabinowicz. 


Mi mochila pequeña tenía en su interior facturas, restos de paquetes, una botella de agua, mi billetera, unos aretes, unas artesanías, unas servilletas, mi diario de campo, el esfero, el pasaporte, el bloqueador, la crema hidratante y entre todo ese montón de cosas, mi celular. Se me dificultó sacarlo de ahí, por la abundancia de materiales que obstaculizaban el camino de mis manos. En ese día estaba mirando miles de libros que cautivaban mi atención en la feria, casi me decido por uno cuyo nombre no recuerdo, hasta que el expositor intervino y me dijo: ese no parece tanto como para usted, le recomiendo mejor este, es sobre la nostalgia y todo lo que podemos ganar o perder con ella. Me dejé convencer gracias a mi fascinación por esa sensación de admiración por el pasado, como si en el fondo de mi ser supiera que ese texto iba a descubrir una parte de mi que ignoro casi siempre. Y así, ese libro verde con portada de hormigas llegó a ocupar mi cargada mochila. Es en verdad una obra sencilla de abordar, es como hablar con una amiga cercana sobre los chismes y reflexiones de uno de sus vínculos. 

 La protagonista narra los ires y venires de la relación que tuvo con un acumulador, un músico de treinta a cuarenta años, cuyos parientes naturales más cercanos habían muerto. El apartamento en donde vivía él cuando Gillie le conoció parecía un monumento al olvido, a la memoria estática y a la podredumbre. No solo tenía una gran cantidad de cajas que tapaban la entrada de la luz, sino que habían pocillos sin lavar en tres años. ¡Tres años! ¿Qué nivel de descuido tiene que haber en alguien para dejar una loza sucia por tanto tiempo? ¿Cómo es posible convivir con tanta mugre? Eso pensé yo al leer la narración de tal descomunal desorden, porque es muy fácil juzgar y ver el error en otros, pero las historias también son para comprender.  Y detrás de ese desastre se escondía el temor a dejar ir, esa sensación de inutilidad y vacío que viene tras el luto. En todo ese desorden yacían las cenizas de sus padres y sus tíos, como si dejar todo sin mover fuera una cuestión de resistencia para él. Sin embargo, a mi me conmovió mucho ese estado del personaje, me pareció que estaba muerto en vida, atado sin poder esparcirse libremente ni tener un lugar propio de verdad en donde vivir sin angustia y tener una vista al horizonte sin obstáculos. Si él hubiese dejado el apartamento tal y como estaba  al morir su tía, sin traer nuevos folletos, forros y objetos que nunca usaría, tal vez el caos no se habría apoderado de su espacio. Ese lugar le traía angustia, vergüenza y desasosiego, en realidad estaba sumido en un agujero negro de desesperación que podría ignorar a menos que le carcomiera por dentro esa culpa de tener pendientes tantos asuntos por arreglar o que la podredumbre terminara arrasando con su cuerpo.  Pienso que no somos tan distintos a ese desafortunado sujeto, a todos nos cuesta desechar, a algunos más que otros.

Las ansias de acumular vienen del temor a la carencia y de la esperanza de usar más adelante aquello que poseemos. A veces, emanan de las ganas de vernos más importantes, más precavidos, menos necesitados. En mi visión del mundo, los objetos que no usamos después de muchos días se mueren. Casi todos los materiales se formaron para conectar y dar vida, pero si el egoísmo se apodera de ellos caen en un limbo cuál astronauta abandonado en el universo sin un tiempo, sin lazos con la estación espacial, a su suerte en el olvido. El pan cuando no se comparte ni se come se pone mohoso y es podredumbre. Quizá los billetes con una caducidad mayor nos hayan hecho extraviar el propósito de las cosas que llegan a nuestras manos, pero es mejor aprender a despojarse y entregar a otros de lo nuestro, antes de que la muerte se apodere de nuestros lugares más íntimos. 

 La acumulación nace también del miedo a la destrucción, tantas posibilidades de almacenamiento en lo físico y lo digital nos dan la impresión de que siempre podemos abrir lugar a algo más. No obstante, como decía Jesús Barbero (2012) "Todavía hay mucho por destruir, estamos en la época de destruir. Eso es lo difícil, pensar que realmente hay algo que destruir. Porque en nuestra cultura destruir equivale a perder memoria. No se piensa que destruir es crear espacio para construir una vez que ya está todo construido como en este mundo. En un mundo super construido como el nuestro, en cualquier aspecto, la única manera de hacer espacio libre, espacio verde, es destruir" Destruir es decir adiós con voluntad firme y un hacer continuo de examinar aquello que ya no debe pertenecer a nuestro presente. Antes de destruir hay que elegir, seleccionar qué partes de nosotros son más "dignas"  de perdurar que otras. Esas labores de desprecio y exaltación parecen ser propias de un verdugo despiadado, pero las consecuencias de no destruir son mucho más tristes. En nuestro cerebro, día tras día hay un proceso de desechar lo irrelevante y recordar lo significativo, si eso no sucediera imagino la inmensa desesperación que nos traería tanta carga de información hasta al dar un pequeño paso o mirada. El caminante que anda con mucho peso en su mochila se duele más y se puede privar de llegar a la montaña anhelada. Por eso, es tan importante escoger qué conservar. Ese dolor que nos avisa cuando nuestro cuerpo lleva demasiado peso, también reluce cuando un golpe aterriza en nuestros nervios. Está el dolor de despojarse y de acumular, pero en el dolor de despojarse suele nacer nueva piel suave, en cambio aquel dolor que acumula nos llena de hinchazones en los hombros y en la piel. Así queramos o no, siempre hemos de escoger. 

Y luego, sigue la posibilidad de nacer de nuevo. Esas ansias de crear, esa sensación de libertad cuando el espacio ya no está lleno de cosas muertas, cuando el olvido sostiene la memoria que nos alienta. La alegría de darle vida a aquellas cosas que por la gracia presente nos son concedidas. La canción que termina justo a tiempo y explota tras un puente contagioso, el comienzo.   

 *Dibujo de L.García

REFERENCIAS

+Entrevista a Jesús Martín Barbero: “Bienvenidos de vuelta al caos”: http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-260497-2014-11-24.html  

+Rabinowicz, N. (2021) Todas las cosas. Segunda ed. Ediciones la parte maldita.