sábado, 9 de marzo de 2024

De la codicia y el límite de los sueños

Siempre se espera más decía Antonio Di Bennedeto en su novela Zama(1956), hay cierto vínculo entre la codicia y la esperanza, pero existe un límite descifrable entre los "buenos sueños" y la maldad en anhelar más de lo que deberíamos ¿Cómo saber cuál es ese límite?. Los sueños nos llevan más allá, los sueños crean, pero también hay cierta sabiduría en aprender a amar el presente, en echar raíces, en valorar el descanso. Estos pensamientos me vinieron a la cabeza después de leer el cuento "Cuánta tierra necesita un hombre" de León Tolstoi(*Alerta de Spoiler*).  Es sobre Pajom ,un campesino con ansias de crecer cada día más. Después, de adquirir muchos bienes a través del trabajo, la compra y venta de tierras, cada vez en lugares más lejanos de su inicio, se ve envuelto en una encrucijada. Pues va a un espacio en donde a cambio de un precio irrisorio puede adquirir toda la tierra que recorra en un día. La condición: tiene que  volver al punto de partida antes de que se ponga el sol, o si no perdería todo lo invertido. Pajom trata de caminar lo más lejos posible para obtener la mayor cantidad de hectáreas, pero nota que ha pasado el tiempo y necesita devolverse. Entonces, emprende una carrera para poder regresar y no perder todo su esfuerzo, logra llegar, sin embargo, muere en ese instante.  ¿De qué sirvió tanto esfuerzo si no pudo siquiera resguardar la integridad de su propio cuerpo? ¿Por qué buscar tener más propiedades cuando estaba bien? En esto se relacionan la codicia y la esperanza, en esa sensación de que siempre puede haber algo más, nuestro interior ansioso también busca más por el miedo al despojo, el miedo  a la carencia, el miedo a que todo aquello que no logramos controlar derrumbe nuestra comodidad, como las emociones de los vecinos, el mercado fluctuante, las lluvias que vienen. Así, antes de que otros lleguen a destruir nuestra comodidad, podemos optar por nosotros mismos mirar nuevas maneras de nacer y construir en otros sitios. El lío en ello está en poner como objeto de nuestro camino los objetos y olvidar que, el dinero, las casas y las posiciones, son para nuestro bien, para amar a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Cuando ese afán desmedido por tener consume nuestra mirada podemos dejar de lado el propósito de amor que conlleva. El límite entre los "buenos sueños" y la codicia, está en qué tanto nos permitimos descansar, en qué tanto dejamos que el amor por las personas se vuelva amor por los objetos, en qué tanto decidimos disfrutar lo que tenemos, en cuánto nos permitimos reposar y sentarnos. Pienso que está bien soñar, pensar en maneras de mejorar, tal vez, la inestabilidad de los nuevos tiempos, la comparación negativa con los demás, esas ansias de crecer hacia afuera y no tanto hacia adentro, pueden hacer que perdamos el cauce. El cuerpo llega a un límite de crecimiento externo y así está en nosotros comprender cuando es nuestro tiempo de dejar de hacerlo. De recordar cuál es el propósito de nuestros sueños y calcular los límites de nuestra imposibilidad para aprender a convivir con ellos.