Desde hace mucho tiempo quería escribir un texto sobre el utilitarismo, pues durante varias estancias de mi vida he estado marcada por las múltiples contradicciones de no ser productiva en términos económicos.
Pensé en contar mi historia, de cómo mi obsesión por ser útil me nubló durante un tiempo de disfrutar de las bellas y magnas cosas que Dios ha hecho, hizo que me sintiera culpable, inútil, solo podía alegrarme en los momentos de descanso al justificar que estos servían para retomar fuerzas y hacer labores productivas. Despreciaba en mi corazón las costosas obras de arte y a muchos artistas, me parecía ilógico que criticaran la desigualdad social y al mismo tiempo se lucraran de las estructuras dominantes que permitían que su arte se perpetuara.
Solo era válido el arte que ayudara a las personas, o les hiciera tomar conciencia y si el entendimiento del arte estaba reservado para unos pocos privilegiados, no tenía sentido. Anhelaba ser coherente y eso significaba amar a mi prójimo como a mi misma, vivir para los demás, mi valor lo veía en qué tanto servía a los otros, sin importar quienes fueran. Trataba de escuchar solo las canciones que tuviesen sentido filosófico o espiritual y me sentía culpable si oía música solo por entretenimiento (Ahora creo que la filosofía que transmiten las canciones va mucho más allá de la letra, ese es otro tema que ahondaré en un próximo texto) A fin de cuentas el camino a la coherencia es enredado, largo, estrecho y no solo estamos en la tierra para servir.Ese deseo constante hacia la utilidad, tal vez fue el resultado del entorno capitalista en que crecí (el cual nos incita a la productividad), mezclado con ideas altruistas que recibí de la universidad y la iglesia; pero es una presión enfermiza que nos succiona la vida ¡hasta los más pequeños detalles de la belleza cotidiana! y era una bomba de tiempo que tarde o temprano iba a estallar. Cuando lo hizo, se manifestó en rechazo hacia las recompensas materiales y un ánimo exacerbado por lo intangible, como el escrutinio bíblico, la lectura, la música, el disfrute íntimo pero egoísta de las artes visuales y una resignación peligrosa por todo el mal en el mundo que no podía arreglar. Entendí lo pequeña que era en un universo tan gigante: por lo menos podía ser la resistencia, actuar con amor en mi reducido espacio de influencia. Aprendí a gozarme con la música en los tiempos de soledad, sin necesidad de ayudar a nadie y luego tuve un tiempo de trabajo. Vi a unos buscar valía en su labor, sentirse vivos a través de ella, a otros esforzarse en algo que no les gustaba para saciar su hambre y la de su familia. Al oír la radio de algunos compañeros obreros, pensé en la música y el ocio como instrumentos de doble filo: enajenan al hombre o colorean su realidad gris,son espacios de libertad del deber, magia abstracta en medio del sistema de concreto.
Entonces recordé que todos valemos lo mismo, nuestra dignidad no depende de cuánto hagamos o ganemos, para Dios todos los seres humanos somos iguales, nadie es más que nadie, nada de lo que hagamos nos hará más valiosos ante él. Aún pienso que el impulso por la utilidad bien encaminado puede motivarnos a crear mejores formas de vida, pero no debe convertirse en algo que invada todas las esferas de la realidad, vale la pena desligarnos del afán por los resultados para deleitarnos en el arte y la comunión. Tratar a las personas mejor o peor solo por su nivel de "utilidad" succiona la magia de la humanidad, nos disminuye a máquinas y no estamos hechos simplemente para eso.
*Ilustración de Gervasio Troche
Escrito entre el 17/07/2018 y 29/03/2019